SIC = E+I+D+i+d+e

Últimamente mis proyectos profesionales me han llevado a repasar algunos tópicos que pueblan el escenario educativo moderno, al menos en lo que se refiere a la educación superior y su cada vez más intensa relación con la actividad empresarial. El caso es que la lectura de un breve editorial invitado de Computing Now, que edita la IEEE Computer Society me ha llevado a recuperar algunas reflexiones surgidas en distintos ámbitos a lo largo de los últimos ocho (8) años como investigador, formador, divulgador, ingeniero híbrido, tecnósofo y sociotecnólogo apasionado.

IEEE Computer Society

El editorial, que firma Gary McGraw, se titula “Innovation, Tech Transfer, and Entrepreneurship” y nos sugiere la lectura de cinco artículos publicados a lo largo de los dos últimos años en distintas revistas de la conocida asociación profesional. Aunque las cinco piezas aportan elementos relevantes para hablar de innovación, transferencia tecnológica y “emprendizaje”, yo me quedo con tres de ellas cuya lectura puede servir para desarrollar algunas cuestiones que plantearé luego al lector.

El primero de ellos, “Harnessing Employee Innovation“, describe la iniciativa de Google destinada a incentivar a sus empleados para que dediquen un 20% de su tiempo a sus propios proyectos personales, internos o externos. Una iniciativa que busca generar una cultura innovadora basada en lo que los gurús de la superficialidad han denominado “intraemprendimiento” y que pretende colocar la capacidad emprendedora en el propio ADN de la empresa.

Los otros dos artículos sobre los que quiero llamar la atención son “Discovery, Innovation, and Creativity” y “Engineering and Innovation“, que se centran en la introducción del ‘emprendimiento’ y la innovación en los curricula de los ingenieros informáticos/telecos (infoprofesionales en general para nosotros y Computer Scientists & Engineers para los sajones). El primero es un artículo más genérico, dedicado a repasar los diferentes esquemas utilizados para integrar las capacitaciones específicamente dedicadas a la creación de empresas y a la innovación en las escuelas técnicas; mientras que el segundo describe el caso del Entrepreneurship Education Program de la Universidad Estatal de North Carolina, que lleva ofreciendo resultados desde que Tom Mitler II lo lanzara en 1993.

Para empezar, si pensamos en estos términos (emprendimiento, innovación), destaca la ausencia total de racionalidad en la aplicación de las necesarias medidas de política económica que apoyen su desarrollo: mientras las iniciativas de apoyo al emprendedor (privadas, públicas, público-privadas, nacionales, regionales, locales) crecen sin control replicando esfuerzos y malgastando recursos, la capacidad innovadora se compromete a futuro recortando la necesaria inversión en investigación y en educación, convirtiendo a la “clase ilustrada” de nuestro país en la nueva, renovada, preparadísima e indignadísima diáspora digital del siglo XXI.

La Universidad, despojada de sus principios fundacionales, se muestra incapaz de reivindicar su papel protagonista en la construcción de una verdadera sociedad de la información para todos. Mientras adopta con la torpeza de un recién nacido las exigencias del mercado empresarial, incluyendo todo tipo de actividades destinadas a dotar a sus estudiantes con las capacidades y habilidades requeridas por sus eventuales empleadores, pierde terreno frente a las tradicionales escuelas de negocio que, espoleadas por la mediocridad, la competencia y la escasez de talento, se apropian de lo que los académicos pensaban que era terreno vedado para el pragmatismo económico.

La innovación, convertida en lugar común, ha perdido su brillo bajo la suela de legiones de consultores, directores y gerentes de muy diversa condición. Se muestra ahora, sin embargo, renovada, vestida con nuevos atributos, como la sostenibilidad o la “apertura”, que ofrecen un terreno abonado para el florecimiento de nuevas especies e incluso ecosistemas con vida propia: es el caso notorio de la ‘Open Innovation‘, cuyo árbol de conocimiento no parece que vaya a quedarse sin “hojas”.

El emprendimiento, la capacidad emprendedora, ha mutado de simple actitud vital a disciplina pervertida por sus muchos “sabores” y “texturas” que se vende con envoltorios variopintos y que se puede encontrar en todo tipo de estanterías y mercados; incluida como plato principal o como guarnición, se sirve ya en casi todo tipo de comedores, desde los comunitarios hasta los más selectos clubes para gourmets de la formación y la capacitación profesional, además de en los “comederos” colectivos de las propias organizaciones empresariales. Servidas en abundantes raciones o en tapas para exquisitas degustaciones las capacidades propias del emprendedor ganan en popularidad entre todos los públicos, con precios aptos para cualquier consumidor.

La I+D, que en su momento se viera enriquecida por el picante de la “i” pequeña más innovadora, ahora queda eclipsada y desplazada por la “E” más atractiva del emprendimiento; y de la misma manera que nos olvidamos entonces de la más discreta “d” para incluir la divulgación (la diseminación) en una irrealizable I+D+i+d, hoy nos olvidamos sin pudor alguno de la necesaria “e”ducación que podría ayudarnos a cerrar el círculo virtuoso de la “E+I+D+i+d+e”, aun por definir.

¿Qué está pasando? ¿Qué ocurre cuando la Universidad se desdibuja en un escenario socio-técnico complejo y cambiante como el actual? Ocurre que, siendo la bien avenida pareja (E+i) la que se lleva toda la difusión (d), a la educación (e) no le queda otra salida que asociarse con la (I+D), alejándose de la productividad empresarial de la (E+i) y condenando a la (I+D) al oscuro desván del rigor científico; un alejamiento que agrava una actividad divulgadora cuya máxima parece ser la de “comunicar sin informar”, “informar sin educar”.

Pensando en “los siete saberes necesarios para la educación del futuro” que proponía Edgar Morin por encargo de UNESCO a finales del siglo pasado, hay un elemento básico, subyacente a todos ellos en su propio planteamiento de contexto, que es el sistemismo, la necesaria comprensión de la sistémica que nos permitiría afrontar esas relaciones simbólicas, que he querido disfrazar aquí con una retórica amable, como las relaciones “simbióticas” que, de hecho, son para poder evitar así caer en las habituales cegueras paradigmáticas o errores mentales, intelectuales y de la razón que el propio Morin caracterizaba en su texto.

Es decir que no podemos pensar en un emprendimiento sin innovación; pero tampoco sin educación y sin una investigación que llegue a ser parte del desarrollo tecnológico y de producto que la empresa demanda. No habrá sociedad de la información (¿y del conocimiento?) alguna si no entendemos esto; o de otra forma SIC = E+I+D+i+d+e.

Twitter Digg Delicious Stumbleupon Technorati Facebook Email

No hay comentarios aún... ¡Se el primero en dejar una respuesta!

Dejar un Comentario