La realidad de los MOOC… es que tú no eres una vaca.

Un reciente artículo publicado en The Chronicle of Higher Education bajo el explícito título “Why Professors at San Jose State Won’t Use a Harvard Professor’s MOOC” ha dado mucho que hablar esta semana: ha acumulado más de 230 comentarios desde el pasado jueves, día 2 de mayo. Bien es cierto que tampoco hubiera llamado mi atención si el poco afortunado acrónimo, que a los sajones recuerda a una feria de ganado vacuno, no fuera aun carne de titular de todo a un euro.

El caso que relata el artículo se refiere a la carta abierta que el departamento de filosofía de la universidad estatal (pública) de San José (SJSU), en California, dirigía, a mi juicio erróneamente, al profesor Michael Sandel, de Harvard, autor del curso de “justicia social” que se ofrece en la plataforma EdX y que desde la dirección de su Universidad se les ha instado a utilizar para sus clases, a partir de la reciente firma de un acuerdo comercial con la conocida iniciativa que lideran MIT y Harvard.

El motivo de traerlo aquí no es otro que reflexionar brevemente acerca de este fenómeno y de su cada vez más frágil realidad pedagógica.Esta reflexión mía no pretende posicionarme como detractor ni como promotor del mismo. Mi intención es utilizar este caso en California y los argumentos que exponen en su carta los miembros del departamento de filosofía para poner en contexto una serie de elementos sociotécnicos, muy complejos, que erróneamente analizados, pueden llevar -y de hecho están llevando hace tiempo ya-, a la dilapidación de recursos para la innovación en forma de proyectos que resbalan sobre la brillante superficie de una Internet cubierta de superchería.

MOOC, aparte de a onomatopeya vacuna, suena a tendencia, a innovación en cierto sentido. En primer lugar, al venir de la Red, suena a innovación tecnológica o técnica… Pero metidos en plena nube informática (Cloud Computing) y ahogados por la abundancia que auguran los Macrodatos (Big Data) es fácil caer el la cuenta de que no se trata tanto de la tecnología sino de cómo la usamos para enseñar y aprender; es decir que la innovación parece trasladarse al proceso educativo.

La realidad, sin embargo, es que, lejos de la potencialidad de los MOOC, de las técnicas y tecnologías más o menos innovadoras asociadas al desarrollo de este fenómeno (aprendizaje entre iguales, redes de pares, esquemas de certificación y acreditación distribuidos, automatización de procesos de enseñanza basada en el análisis de datos masivos, etc.), la dimensión que se desarrolla es la comercial. No olvidemos que el fenómeno tomaba forma a partir de la iniciativa empresarial de algunos profesores que decidían no hace mucho dejar la disciplina de sus universidades de prestigio para explotar comercialmente las marcas de las mismas, así como su prestigio personal, sobre la base de una serie de materiales educativos “enlatados”.

Es evidente que, cuando leemos la carta abierta a la que me refería más arriba, debemos entenderla en el contexto organizativo y administrativo, institucional, de la Universidad pública anglo-norteamericana. Muy distinta a la española y con un ecosistema de universidades provadas de prestigio mundial que nada tiene que ver con nuestro país. Salvando esto, vale la pena detenerse sobre los argumentos que se exponen en el texto al respecto de lo que, desde el punto de vista pedagógico, se espera de la tecnología para la educación superior.

Me interesa sobre todo considerar lo que los autores de la carta definen como los tres componentes básicos de una educación de calidad en la Universidad: la especialización académica de los profesores (scholarship), en lo que se refiere a la “pasión” que son capaces de transmitir en su interacción con los estudiantes; el método de enseñanza híbrido (blended), alejado del tradicional “potificado” de las clases magistrales; y la necesaria “diversidad” en la aproximación a la materia sobre que se quiera formar, que necesita alejarnos de la distópica homogeneización implícita en las grandes iniciativas institucionales asociadas al movimiento MOOC.

Hay que considerar que en este caso hablamos de la utilización de esto que llamamos MOOC en el ámbito del esquema universitario establecido; pero en cualquier caso hablamos de un negocio que, apoyado en la superchería tecnológica, se perfila como un mercado casi virgen para la distribución a gran escala de materiales formativos a través de la Red sin otro valor añadido que el marchamo de ciertas “marcas” mundialmente reconocidas en el ámbito de la educación superior.

No hablo aquí, específicamente, del incipiente desarrollo que están teniendo los esquema abiertos de certificación y acreditación en la Red porque el ritmo de su difusión y su crecimiento en la Universidad resulta mucho más lento que el que registran las iniciativas para la distribución, en crudo, de aquellos materiales. Lo que, en esencia, son hoy los MOOC que conocemos a través de los titulares: cursos en línea.

Muchos recordamos el “limitado” impacto de proyectos ambiciosos como OpenCourseWare, nacido en el MIT. Más de una década después de su puesta en marcha se ha convertido en una realidad global destinada a “abrir” los contenidos educativos en la Universidad. Iniciativas como EdX se apoyan en ese esfuerzo y la experiencia acumulada, con la intención de “abrir” el proceso de enseñanza-aprendizaje en las instituciones de Educación Superior.

Evidentemente, la capacidad para marcar tendencias de esas iniciativas institucionales ha tenido y tiene efectos muy positivos. Todo el ruido mediático generado ha provocado un efecto llamada que, además de inflar unas expectativas injustificadas, ha insuflado nueva vida en todo tipo de proyectos destinados a explotar las capacidades de la Red actual para la distribución de contenidos educativos de todo tipo, a todos los niveles.

La retórica asociada a este fenómeno ha bastado como reclamo para que multitud de profesionales de la enseñanza hayan tenido una aproximación efectiva a lo que todavía pasan por ser “nuevas tecnologías” en el entorno institucional. Eso es bueno. Sin embargo, la misma retórica ha atraído al ámbito educativo una cantidad y variedad crecientes de expertos en expertología, gurús, charlistas profesionales y, lo que es peor, “emprendedores” de postal. Eso es malo.

… y es que, cuando haces ‘MOOC’ ya no hay stop.

Twitter Digg Delicious Stumbleupon Technorati Facebook Email

No hay comentarios aún... ¡Se el primero en dejar una respuesta!

Dejar un Comentario