¿”Garaje” corporativo o “Burdel” innovador?

“Innovación” sigue siendo un término maldito, maltratado y mangoneado por todo tipo de “cantamañanas”, escritores de puente aéreo y divulgadores de todo a cien… Un lugar común en el que habitualmente nos encontramos con los tramoyistas del circo emprendedor que ha desplegado sus carpas en nuestra sociedad de forma permanente hace ya unos años, al calor de lo que, en plena quiebra social se ha dado en llamar “crisis económica”.

El talento innovador y la capacidad emprendedora se generalizan para “vender” la mal entendida especificidad del emprendimiento empresarial y, de la misma forma que “la innovación se abre” para convertirse en ‘Open Innovation‘, con naturaleza de disciplina -como no podría ser de otra forma para una materia en la que se declaran como “indispensables” nada menos que 57 textos- el emprendimiento se corporativiza para salvarnos de nosotros mismos.

Peter Drucker

Ante la falta de la “disciplina” innovadora que proponía Drucker en su ya clásico artículo, “The Discipline of Innovation” -en el que por cierto nos recordaba que, tal y como nos enseñó el también austriaco Schumpeter, la innovación es el rol social (socioeconómico) fundamental del “empresario”- el entorno “corporativo” (gran empresa) ha encontrado en la persistente falta de recursos financieros para los emprendedores de base una oportunidad irrepetible para absorber un volumen inédito de potencial molicie organizativa en forma de brillantes promesas “INprendedoras”.

Esta reflexión, intencionadamente provocadora e irreverente, se alimenta de la lectura reciente de un artículo en un medio online de HBR, “The New Corporate Garage“, que firma Scott D. Anthony.

El autor del artículo estructura la historia de la innovación en cuatro eras:

  • El innovador solitario (principios del siglo XX): generalmente asociada al “inventor loco” que, de hecho, ha sido recordado por la historia, con su personalidad directamente ligada con sus invenciones, p.ej. la imprenta de Gutemberg o la bombilla de Edison.
  • Los laboratorios corporativos (de principios a mediados del siglo XX, entre guerras): con la era industrial establecida y la línea de montaje como metáfora fundamental, la complejidad de las creaciones industriales hizo que la innovación fuera empujada más por empresas que por personas individuales, p.ej. el nylon de DuPont, el avión espía U2 de Lockeed Martin.
  • Los outsiders (a partir de mediados del siglo XX, años 1950 y 1960): con los conglomerados empresariales creciendo en tamaño y complejidad, la burocracia hizo perder flexibilidad a esas organizaciones, impulsando a los ‘baby boomers‘ más inquietos a dejar sus organizaciones para lanzar nuevos proyectos empresariales, spinoffs y startups. Esta etapa se consolida con la aparición, en los años 1970, de los inversores de capital riesgo (Venture Capital), empezando por Kleiner Perkins Caufield & Byers y Sequoia Capital que han invertido en el nacimiento y crecimiento de pequeñas startups como Apple, Microsoft, Cisco Systems, Amazon, Facebook o Google.
  • Los catalizadores corporativos (finales del siglo XX y principios del XXI): la globalización y el cambio tecnológico acelerado nos han llevado a una situación en la que la esperanza de vida de las grandes empresas ha caído significativamente. Un escenario en el que prima la innovación en los modelos de negocio y donde se puede fracasar muy rápido y barato. Es la era donde proliferan aceleradoras e incubadoras como Y Combinator, apoyando proyectos como Dropbox, Airbnb, Xobni, Prezi o Scribd.

Lo que Anthony llama “catalizadores” son, en sus propias palabras, “mission-driven leaders“, es decir responsables empresariales que, además de estar motivados con su retribución son capaces de mantener su compromiso con un proyecto, con una misión específica… y ahí es donde empieza a fallar, porque tal y como algún lector puede estar pensando “en España eso no funcionaría:)

Como ejemplos de “catalizadores”, verdaderos casos de estudio, pone a cuatro conocidos líderes empresariales, cuya bondad o capacidad para la transformación empresarial a través de la innovación dejo a vuestra consideración: Keyne Monson (Medtronic), Yuri Jain (Unilever), Nick Musyoka (Syngenta) y Colin Harrison (IBM).

Lo que ya no dejo al buen juicio del lector es la lista corta de las “ventajas” que una gran corporación tiene respecto a una startup en términos de apalancar su capacidad innovadora… Ni tan siquiera me atrevo a reproducirlas aquí por simple vergüenza ajena y (me) pregunto:

¿De verdad este tipo de “catalizadores” va a devolver su olvidada dignidad a la maltratada y otrora deseada “Innovación”?

¿Volverá la “Innovación”, con mayúscula, al garaje o seguirá “haciendo la calle”, vendiéndose al mejor postor, chuleada para provecho económico del burdel(*) corporativo?


(*) Entiéndase en su segunda acepción según el DRAE, es decir “lugar en que se falta al decoro con ruido y confusión

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