¿Cómo de íntima es nuestra privacidad?

El título tiene trampa: el término de “privacidad”, tan arraigado en los titulares asociados a los/las populares medios/redes sociales no es nuestro, sino que lo importamos y adaptamos de nuestros colegas letrados anglo-norteamericanos, considerándose hoy un préstamo lingüístico perfectamente aceptado e incorporado al DRAE como “ámbito de la vida privada que se tiene derecho a proteger de cualquier intromisión“; aunque en nuestra legislación se sigue hablando del “derecho a la intimidad”, tal como nos recordaba Victor Salgado en el dossier publicado con el número 85 de la revistaTELOS, dedicado a los derechos fundamentales en Internet.

Intimidad, privacidad y honor en Internet

Muchas voces -provenientes de la más rabiosa actualidad tecnoempresarial- han proclamado como la palabra de Dios algunas aseveraciones simplistas sobre esta cuestión que sigue resultando crucial a la hora de llevar a buen término nuestra labor diaria para demonizar la Red como nueva ‘Terra Incognita’ (TI) y satanizar a sus especies endémicas mejor adaptadas (e.g. los sitios de redes sociales) al modo de las antiguas bestias que poblaran aquel territorio inexplorado y temido por los mortales temerosos de Dios.

Otros voceros, aparentemente santificados por los hábitos de la investigación científica, han promocionado metáforas pseudo-intelectuales, como el desarrollo de una “extimidad” -en el sentido psico-sociológico que le confería el propio Lacan– tecnoamplificada por los nuevos instrumentos tecnoculturales -léase, por ejemplo, las propias redes sociales.

The Evolution of Privacy on Facebook

El hecho cierto es que, sin ánimo de sentar cátedra, sí podemos constatar una realidad social y tecnológica que está poniendo mayor presión sobre el ritmo anacrónico que siguen nuestros instrumentos técnico-jurídicos cambiando drásticamente conceptos tan básicos como es el de la propia intimidad o el de nuestra identidad personal en la Red: en un breve post del que nos hacíamos eco recientemente se preguntaban -no sin parte de razón, aunque con manifiesta ligereza en su planteamiento- si la elección de un nombre en la Red no debería ofrecernos la misma seguridad en términos de identificación que la que supuestamente nos ofrece la simple elección de otro nombre (real) fuera de ella.

Pero, en este punto, lo que nos interesa es llamar la atención del lector sobre algunas reflexiones que se desprenden de una entrada que encontrábamos recientemente en Slate, con el sugerente título de “The Leaky Nature of Online Privacy.

En la misma, lejos de sugerirnos posturas estereotipadas de cierto segmento juvenil de usuarios de aquellas redes sociales, nos llaman la atención sobre el lugar en el que quedan nuestras barreras psicológicas ante el tipo de información que debemos y que no debemos compartir en según qué sitios de redes sociales.

Por un lado nos presentan algunos descubrimientos relativos a lo que en el MIT llaman “Affective Computing” y que en el grupo de investigación homónimo definen diciendo “Affective Computing is computing that relates to, arises from, or deliberately influences emotion or other affective phenomena. Proyectos de este grupo, como el reconocimiento automático del nivel de estrés en situaciones de la vida real, que se plasman en instrumentos como el Q-Sensor; la medición del ritmo cardiaco usando una simple webcam que aprovecha los casi imperceptibles cambios de color en la piel cuando la sangre bombea por los vasos sanguíneos bajo ella; o multitud de realizaciones orientadas a personas afectadas de autismo para ayudarlas a expresar emociones en situaciones de socialización, son algunas de las aplicaciones que se están encontrando a este tipo de infotecnologías aplicadas a la emoción o a la detección, análisis y explotación de cualquier tipo de patrón que podamos seguir o de “señal honesta” que podamos emitir.

Por otro lado, se repasan también interesantes descubrimientos realizados en el ámbito del análisis de redes sociales y patrones de conducta de unos usuarios convertidos en contenido a través de sus perfiles, sus fotos, sus relaciones, sus interacciones, etc. en los populares sitios de redes sociales. En este ámbito destacan algunos proyectos del Data Privacy Lab de Harvard, que nos muestran lo relativamente sencillo que resulta “perfilarnos” o ponernos cara como usuario no identificado o anónimo a partir de la información revelada por nuestros “amigos”: el lector puede pensar, por ejemplo, en el colosal proyecto de crowdsourcing lanzado por Google en forma de red social, G+, en el que legiones de usuarios repartidos por todo el mundo explicitan el tipo de relación que mantienen con sus contactos, adoptando una metáfora, la de los “círculos”, mucho más amable que la de las “listas”, imperceptiblemente penalizada por nuestro inconsciente.

La privacidad en Internet | Cuadernos de la Cátedra

¿Qué hemos de hacer en un escenario sociotécnico en el que, tanto nuestro cuerpo como nuestra mente nos lleva a delatarnos constantemente ante las máquinas que nosotros mismos hemos fabricado? ¿Es “sustancialmente” nueva esta situación o nos asusta la “escala” de los acontecimientos, tanto temporal, como en lo que respecta a su alcance socioeconómico?

El autor que suscribe estas breves líneas no lo cree así. Siempre nos hemos delatado en el contacto con otros individuos: la comunicación no verbal ha sido objeto de estudio durante mucho tiempo, así como la ciencia de las redes… Quizás de lo que se trata es de aprender a desarrollar un nueva “inteligencia tecnosocial“, de la misma manera que, en su momento, aprendimos a identificar la relevancia de las inteligencias “emocional” y “social” de la mano de Goleman.

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